Los que estaban con Kike sonreían constantemente. Se reían. me preguntaban cómo estaba. Me llamaban por mi nombre para decirme algo que me hiciera sonreír. Eran inocentes y buenos.
Los otros, los que vivían en la inmundicia, también me sonreían. Me daban pequeños golpes cariñosos y huían. Gritaban. Era como si hubieran visto a un europeo por primera o segunda vez. No tenían nada, más que trapos sucios con los que se medio vestían.
Aquél es el mayor regalo que me llevé; la sonrisa inextinguible que me hacía un poco más feliz.
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