jueves, 2 de julio de 2009

Los niños de Battambang

Los que estaban con Kike sonreían constantemente. Se reían. me preguntaban cómo estaba. Me llamaban por mi nombre para decirme algo que me hiciera sonreír. Eran inocentes y buenos.

Los otros, los que vivían en la inmundicia, también me sonreían. Me daban pequeños golpes cariñosos y huían. Gritaban. Era como si hubieran visto a un europeo por primera o segunda vez. No tenían nada, más que trapos sucios con los que se medio vestían.

Aquél es el mayor regalo que me llevé; la sonrisa inextinguible que me hacía un poco más feliz.

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